Auge y caída de Entretenimientos Diana: GAME OVER

- Ubicados en el centro de Santiago, las sedes de los Juegos Diana luchan por subsistir. El cierre de uno de sus locales más emblemáticos en el Paseo Ahumada, amenaza con su extinción pero el recuerdo y la tradición perpetuada por generaciones lo mantienen vivo.
De lunes a viernes, después de las dos de la tarde, los juegos Diana abren sus rejas pintadas de rojo y blanco a un público casi olvidado. Se prenden las luces de colores que dan vida a la rueda, al carrusel de más de 30 años y a las máquinas e instalaciones que integran el edifico declarado patrimonio nacional que antiguamente formó parte de la iglesia de San Francisco, en el barrio San Diego.
El ruido de niños corriendo y gritando por todos los rincones todavía hace eco en sus paredes imitación castillo. Los turrones que quebraban sus dientes y el algodón azucarado que embetunaba sus rostros se cambiaron por una cajita feliz de Mc Donald's. Las filas interminables para jugar a los patitos, montarse en el auto del color preferido o al caballo más grande del emblemático carrusel forman parte del recuerdo. Juegos como los flipper y las sillas voladoras fueron sustituidos por el Playstation, la televisión y el Internet.
Los Juegos Diana fueron creados por Roberto Zúñiga Peñailillo en 1934. Unos rifles a plumilla alemanes le dieron el nombre y la idea para crear el juego del tiro al blanco. Roberto, sacaba a la socialité de los grandes salones y los hacía jugar a los gatos porfiados en el barrio de Bandera. “La gente permanecía en el centro hasta las 3 de la mañana, era otro Santiago, entretenido y seguro”, recuerda su hijo, Enrique Zúñiga de 30 años, actual Gerente General del negocio.
En un comienzo los juegos funcionaron como una feria al aire libre en la Alameda. La novedad atraía público de todas las edades y lugares. Por la mañanas era el lugar preferido para los escolares que hacían la cimarra, por las noches la bohemia se tomaba el local. Los domingos era el día para asistir en familia.
El principal objetivo de Roberto Zúñiga fue otorgar sana diversión a niños y adultos, en un ambiente cálido, seguro y de real esparcimiento. Hoy el lema de la empresa sigue siendo el mismo: "Más de medio siglo de sano pasatiempo y diversión" y un lugar donde "Los clientes son y serán siempre nuestra mayor preocupación".
Mariano Espínola Lawrence, a sus 82 años, se presenta como cantante de tangos y fotógrafo. Cuando los juegos se instalaron en San Diego hace 28 años se mudó con ellos. Se siente afortunado de formar parte importante esa historia. Comenzó como guardia de seguridad en 1948, dos años más tarde se convirtió en el cantante oficial de la lotería. “Me amanecía con el público”, recuerda emocionado mientras limpia el lente de su vieja cámara y presta su álbum a una pareja que quiere una foto de sus niñas en el carrusel. Aunque el ya está retirado, se aparece todos los días por el local: “Lo considero un hobbie, un hobbie fascinante. Las fotos son mi mayor tesoro del pasado y del presente”.
Ignacio Moraga de 52 años y yerno del fundador volvió desde Estados Unidos en 1974 y se ha desempeñado en todos los puestos de la empresa. En 1984 los juegos se trasladaron a Ahumada 131, donde permanecieron abiertos hasta la semana pasada. Aunque se trate de una mudanza, pues los juegos seguirán funcionando en Merced 839, con esta noticia se asegura el ocaso de la época dorada de la empresa. De cualquier forma, los juegos Diana hace mucho tiempo que dejaron de ser lo que alguna vez fueron. “Era un lugar donde uno podía ir a jugarse un par de fichas de vez en cuando y donde al menos podrías encontrarte con uno que otro amigo”, comenta Moraga, dueño y gerente del local en Ahumada.
“Hace cinco años que el negocio ya estaba en declinación hasta hacerse inviable”, dice. A su juicio, el lumpen que se toma el centro de Santiago, la invasión de comerciantes ambulantes y la competencia desleal de las máquinas tragamonedas son causas que empujaron el cierre del subterráneo, lugar en el que estuvo 20 años.
Enrique Zúñiga plantea que la situación en San Diego es distinta. Asegura que la delincuencia ya está en todas partes, pero que en su territorio el ambiente es tranquilo. Tiene grandes ideas para renovar la imagen de los juegos; mejorar la publicidad y aprovechar mejor el espacio. El edificio tiene más de 5000 metros cuadrados, es antiguo y atractivo y eso es lo que Enrique tiene ganas de rescatar. “Estoy terminado el proyecto, quiero hacer una sala de cine y explotar más el aspecto cultural de nuestro negocio”.
Enrique destaca el vínculo que se genera entre las distintas generaciones que visitan los juegos. “Padres y abuelos traen a sus hijos y nietos a que conozcan el lugar donde se divertían cuando eran chicos”. Me gusta que los juegos sean un lugar de encuentro”.
Las palabras optimistas de Zúñiga contrastan con la realidad. Es temprano y los juegos todavía no están abiertos. Sergio Cabello es el encargado de la mantención hace más de 30 años y con un débil alambre de púas refuerza las murallas del castillo. A sus pies está el cartel de la entrada, que se descolgó después del temporal.
La pintura de la fachada y del suelo se descascara con el viento y los juegos acumulan cada vez más polvo. Del techo todavía cuelga un trineo de cartón y plumavit del viejito pascuero. Los empleados se sientan sobre los juegos a conversar y ríen a carcajadas.
La oficina está lejos. Las risas y el ruido de los juegos desaparecen al abrir un portón de color naranjo y caminar por un pasillo atestado de máquinas y juegos antiguos y en desuso. El acceso es restringido. La escalera para subir a las oficinas está asegurada con una reja, pero su función en ese lugar es inútil si está rota.
Tomás de 12 años, escapa del colegio apenas suena el timbre. Con las bromas de sus compañeros aún palpitándole en las sienes, se cambia de ropa y arranca de las burlas que provocan su gracioso caminar. Se compra una sopaipilla con mostaza y antes de comérsela ya está instalado en la plataforma del Pump it up: miembro de la familia de las máquinas de baile, de cuatro botones con sensores luminosos que se presionan con los pies siguiendo una secuencia en pantalla. Tomás se desinhibe en cuestión de segundos. Mueve sus brazos y manos según la máquina le dicta, aún con su mochila puesta. A su lado, una niña tomada de la mano de su madre observa con atención los movimientos de Tomás, pero prefiere subir al carrusel.
Los clientes son pocos. Sin embargo el negocio se mantiene en pie. “El público es fiel y está preocupado”, asegura Felipe Lira, gerente comercial de los juegos. Cuenta que el día después del cierre en Ahumada el teléfono no paró de sonar. Sus clientes estaban inquietos y preguntaban si acaso también cerrarían el local de San Diego. Les contestó a todos y les explicó con calma y dedicación la situación: “Así somos con nuestros clientes, que más que eso, son nuestros amigos”.
Después de 74 años el negocio ha logrado subsistir contra todo tipo de dificultades. Ante la disminución de interesados por este tipo de atracción, los juegos han debido permear su atractivo a instalaciones más comerciales para poder subsistir. A pesar del progresivo sometimiento a las leyes del mercado, todavía mantiene una distinción. Se niegan a emprender retirada. Admirable, como todo en este barrio que porfía.



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