Calle San Diego: Un libro abierto

- Tarapacá, Alonso de Ovalle, Arturo Prat, Avenida Matta. Antes franciscano, hoy santiaguino. Deteriorado y abandonado como esos libros que descansan llenos de polvo en un estante. Leproso y caluroso sigue vivo a pesar de los años.
Al caminar por las calles de San Diego el escenario es triste. Se respira un aire nostálgico y gris, los colores de las construcciones y principales fachadas son oscuras y evocan en la memoria imágenes de una ciudad castigada y abandonada, aspecto que se observa principalmente al ver la gran cantidad de almacenes y locales deshabitados.
Una energía superior a cualquier carencia estructural, al vertiginoso ritmo de la ciudad, al ruido insoportable de las micros destartaladas o a ese aire que no huele precisamente como tal.

Tormento de urbanistas
En San Diego se escuchan risas y se puede recurrir a los mil modos utilitarios del regateo – una de las formas más provechosas de la charla – y a lo largo de la calle impera el piropo desmesurado y las miradas que incomodan a más de una de las mujeres que transitan, obligadas a volver acompañadas para la próxima visita
Desde la primera cuadra llama la atención la construcción de algunos edificios, como el redondo de su esquina con Alameda, tan discutido por arquitectos y público y el del Instituto Nacional, cuya monótona fachada contribuyó a quitarle desorden al sector. Pero una personalidad como la de esta calle no se derrumbará fácil. Antiguas edificaciones siguen en pie, en espera de su demolición. Hay construcciones de comienzo de siglo, todas en lamentable estado y serio peligro de derrumbarse por algún temblor o tal vez a consecuencias de una lluvia más o menos fuerte.
Las húmedas paredes se intercalan con las galerías que albergan locales, oscuros, atestados de más libros. Y uno que otro de esos polarizados que alguna vez fueron foco de la vida bohemia de periodistas, escritores, vedettes y políticos acostumbrados a vivir las noches como días en esta zona de Santiago. Perdiéndose en el ‘salpicón’ de mundillos que conviven en San Diego, que el aportan a éste otro rostro. Como el de la bailarina, de pelo teñido rubio, piel clara y que viste nada más que un bikini color fucsia que se asoma a través de la puerta del café Éxtasis ubicado en la galería ‘Los arcos de San Diego’ y tararea un reaggeton mientras observa con curiosidad – como si fuera la primera vez - lo que acontece fuera de su lugar de trabajo.
La mayoría de las personas que llenan el reducido espacio de las estrechas calles de este sector están sólo de paso. Las velocidades de la ciudad se sobreponen y quizás lo único que logra aplacar, en aparte, el acelerado flujo son las toneladas de libros y revista
s derramadas que por cada rincón entorpecen el andar. Y esa es la idea, atraer las miradas hacia puzzles, revistas rayadas y libros, y hacer del paseo algo más que un tránsito entre la universidad y la casa, o la casa a la oficina.
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