Fotografías: Librería Luis Rivano
saludos.














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Crónicas del Barrio San Diego, cargadas de historias y acontecimientos que ocurrieron y ocurren en una de las primeras arterias de la Capital.














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Administración
Pertenece al Distrito Electoral nº22 y a la 7ª Circunscripción Senatorial (Santiago Poniente). Es representada en la cámara de Diputados del Congreso Nacional por los diputados Carolina Tohá del PPD y Alberto Cardemil, Independiente pro UDI. A su vez, es representada en el Senado por los senadores Jovino Novoa de la UDI y Guido Girardi del PPD. La ilustre Municipalidad de Santiago es dirigida por el Alcalde Raúl Alcahíno Lihn, el cual es asesorado por los concejales:

De lunes a viernes, después de las dos de la tarde, los juegos Diana abren sus rejas pintadas de rojo y blanco a un público casi olvidado. Se prenden las luces de colores que dan vida a la rueda, al carrusel de más de 30 años y a las máquinas e instalaciones que integran el edifico declarado patrimonio nacional que antiguamente formó parte de la iglesia de San Francisco, en el barrio San Diego.
El ruido de niños corriendo y gritando por todos los rincones todavía hace eco en sus paredes imitación castillo. Los turrones que quebraban sus dientes y el algodón azucarado que embetunaba sus rostros se cambiaron por una cajita feliz de Mc Donald's. Las filas interminables para jugar a los patitos, montarse en el auto del color preferido o al caballo más grande del emblemático carrusel forman parte del recuerdo. Juegos como los flipper y las sillas voladoras fueron sustituidos por el Playstation, la televisión y el Internet.
Los Juegos Diana fueron creados por Roberto Zúñiga Peñailillo en 1934. Unos rifles a plumilla alemanes le dieron el nombre y la idea para crear el juego del tiro al blanco. Roberto, sacaba a la socialité de los grandes salones y los hacía jugar a los gatos porfiados en el barrio de Bandera. “La gente permanecía en el centro hasta las 3 de la mañana, era otro Santiago, entretenido y seguro”, recuerda su hijo, Enrique Zúñiga de 30 años, actual Gerente General del negocio.
En un comienzo los juegos funcionaron como una feria al aire libre en la Alameda. La novedad atraía público de todas las edades y lugares. Por la mañanas era el lugar preferido para los escolares que hacían la cimarra, por las noches la bohemia se tomaba el local. Los domingos era el día para asistir en familia.
El principal objetivo de Roberto Zúñiga fue otorgar sana diversión a niños y adultos, en un ambiente cálido, seguro y de real esparcimiento. Hoy el lema de la empresa sigue siendo el mismo: "Más de medio siglo de sano pasatiempo y diversión" y un lugar donde "Los clientes son y serán siempre nuestra mayor preocupación".
Mariano Espínola Lawrence, a sus 82 años, se presenta como cantante de tangos y fotógrafo. Cuando los juegos se instalaron en San Diego hace 28 años se mudó con ellos. Se siente afortunado de formar parte importante esa historia. Comenzó como guardia de seguridad en 1948, dos años más tarde se convirtió en el cantante oficial de la lotería. “Me amanecía con el público”, recuerda emocionado mientras limpia el lente de su vieja cámara y presta su álbum a una pareja que quiere una foto de sus niñas en el carrusel. Aunque el ya está retirado, se aparece todos los días por el local: “Lo considero un hobbie, un hobbie fascinante. Las fotos son mi mayor tesoro del pasado y del presente”.
Ignacio Moraga de 52 años y yerno del fundador volvió desde Estados Unidos en 1974 y se ha desempeñado en todos los puestos de la empresa. En 1984 los juegos se trasladaron a Ahumada 131, donde permanecieron abiertos hasta la semana pasada. Aunque se trate de una mudanza, pues los juegos seguirán funcionando en Merced 839, con esta noticia se asegura el ocaso de la época dorada de la empresa. De cualquier forma, los juegos Diana hace mucho tiempo que dejaron de ser lo que alguna vez fueron. “Era un lugar donde uno podía ir a jugarse un par de fichas de vez en cuando y donde al menos podrías encontrarte con uno que otro amigo”, comenta Moraga, dueño y gerente del local en Ahumada.
“Hace cinco años que el negocio ya estaba en declinación hasta hacerse inviable”, dice. A su juicio, el lumpen que se toma el centro de Santiago, la invasión de comerciantes ambulantes y la competencia desleal de las máquinas tragamonedas son causas que empujaron el cierre del subterráneo, lugar en el que estuvo 20 años.
Enrique Zúñiga plantea que la situación en San Diego es distinta. Asegura que la delincuencia ya está en todas partes, pero que en su territorio el ambiente es tranquilo. Tiene grandes ideas para renovar la imagen de los juegos; mejorar la publicidad y aprovechar mejor el espacio. El edificio tiene más de 5000 metros cuadrados, es antiguo y atractivo y eso es lo que Enrique tiene ganas de rescatar. “Estoy terminado el proyecto, quiero hacer una sala de cine y explotar más el aspecto cultural de nuestro negocio”.
Enrique destaca el vínculo que se genera entre las distintas generaciones que visitan los juegos. “Padres y abuelos traen a sus hijos y nietos a que conozcan el lugar donde se divertían cuando eran chicos”. Me gusta que los juegos sean un lugar de encuentro”.
Las palabras optimistas de Zúñiga contrastan con la realidad. Es temprano y los juegos todavía no están abiertos. Sergio Cabello es el encargado de la mantención hace más de 30 años y con un débil alambre de púas refuerza las murallas del castillo. A sus pies está el cartel de la entrada, que se descolgó después del temporal.
La pintura de la fachada y del suelo se descascara con el viento y los juegos acumulan cada vez más polvo. Del techo todavía cuelga un trineo de cartón y plumavit del viejito pascuero. Los empleados se sientan sobre los juegos a conversar y ríen a carcajadas.
La oficina está lejos. Las risas y el ruido de los juegos desaparecen al abrir un portón de color naranjo y caminar por un pasillo atestado de máquinas y juegos antiguos y en desuso. El acceso es restringido. La escalera para subir a las oficinas está asegurada con una reja, pero su función en ese lugar es inútil si está rota.
Tomás de 12 años, escapa del colegio apenas suena el timbre. Con las bromas de sus compañeros aún palpitándole en las sienes, se cambia de ropa y arranca de las burlas que provocan su gracioso caminar. Se compra una sopaipilla con mostaza y antes de comérsela ya está instalado en la plataforma del Pump it up: miembro de la familia de las máquinas de baile, de cuatro botones con sensores luminosos que se presionan con los pies siguiendo una secuencia en pantalla. Tomás se desinhibe en cuestión de segundos. Mueve sus brazos y manos según la máquina le dicta, aún con su mochila puesta. A su lado, una niña tomada de la mano de su madre observa con atención los movimientos de Tomás, pero prefiere subir al carrusel.
Los clientes son pocos. Sin embargo el negocio se mantiene en pie. “El público es fiel y está preocupado”, asegura Felipe Lira, gerente comercial de los juegos. Cuenta que el día después del cierre en Ahumada el teléfono no paró de sonar. Sus clientes estaban inquietos y preguntaban si acaso también cerrarían el local de San Diego. Les contestó a todos y les explicó con calma y dedicación la situación: “Así somos con nuestros clientes, que más que eso, son nuestros amigos”.
Después de 74 años el negocio ha logrado subsistir contra todo tipo de dificultades. Ante la disminución de interesados por este tipo de atracción, los juegos han debido permear su atractivo a instalaciones más comerciales para poder subsistir. A pesar del progresivo sometimiento a las leyes del mercado, todavía mantiene una distinción. Se niegan a emprender retirada. Admirable, como todo en este barrio que porfía.










Como un pasaje a la memoria resulta caminar por San Diego, visitar sus teatros, museos de libros, mundillo de bares y picadas, casonas de puertas y mamparas policolores. Pasear por la Plaza Almagro despierta la nostalgia de lo que fue el pretérito paradero de buses con destino al sur, hoy paradero de jóvenes universitarios.
La estrechez de la calle se disimula en la plaza, antiguamente, terminal de microbuses suburbanos que partían de su esquina suroriente dónde a las horas de mayor movimiento se veían largas colas de pacientes peatones. Al frente del terminal proliferaban las fuentes de soda y los cabarets abiertos las 24 horas. “No había dónde perderse o quizás al revés” agrega riendo José Sepúlveda Hernández, presidente de la Asociación de Libreros. Trabaja hace más de 50 años en el local 27 de la Galería comercial San Diego. Comenzó en el rubro cuando de niño intercambiaba los libros de su padre por otros que consideraba más interesantes.
La Plaza Almagro sigue siendo un lugar de encuentro, sólo que hoy es el lugar predilecto para la droga y la delincuencia. “He sido testigo como el barrio se ha venido abajo, la delincuencia se ha apoderado de muchas zonas y gran parte del comercio ha cerrado sus puertas” comenta Luisa Hernández de 81 años, que nació en el barrio y con melancolía asegura que San Diego ya no es el mismo que la vio nacer.
Cada cana, una historia
Luisa descansa en la esquina de San Diego con Copiapó. Aprovechó que el día esta soleado para salir a tomar sol y esperar a su amiga Josefina una de las pocas vecinas que se han mantenido en el barrio. Junto a ella recuerda sus imperdibles visitas al cine Prat y después la parada obligada por la panadería “Malagueña”.

Parece inolvidable para Doña Luisa los paseos en el viejo carro 36, verdaderos vagones de ferrocarril con los tranvías más largos del país que se extendía hasta San Bernardo. “El maquinista se iba despacio, por temor a peatones bamboleantes de alcohol o carretelas excesivamente cargadas” asegura Luisa con mucha facilidad.
Años atrás los puntos de atracción del barrio comprendían el diario “El Imparcial”, hoteles galantes, tan visitados por parejas como por policías e inspectores, librerías, un baratillo de discos de segunda mano, una fábrica de condecoraciones y, disimulados en unos segundos pisos muy altos a los que se subía por empinadas escaleras rectas, unos ‘clubes sociales’, de clientela bohemia más o menos estable, cuyo número dependía de la eficacia de la ronda nocturna de investigaciones y la hospitalidad bohemia era única.
A la vereda daban además unos bares profundos y oscuros, acogedores sin ostentación, donde se bebía desde auténtico whisky escocés hasta un criollísimo tongo o las dos cosas en seguidilla si así se le antojaba a uno cuenta Don Sergio Seguel, residente hace 47 años en el barrio, acuerda que en esa época olvidaba el reloj “La vida comenzaba a medianoche”, el desafío era cómo aprovecharla.
En "El Lucifer" las mucamas bailaban en sus horas libres. Cambiaban la escoba y el plumero por el rouge rojo pasión y la falda apretada, después del boxeo o el circo en el teatro Caupolicán, la pista de baile se llenaba hasta el amanecer.
Las primeras cuadras del barrio estaban atestadas de picadas y restaurantes. Don Sergio recuerda la fuente de soda: “Las cachás grandes”. Allá no había tazas sino tazones soperos para el café con leche y el pan traía más miga que en ninguna otra parte.
Sin duda la calle es el enclave más antiguo de tiendas de libros usado que sobreviven entre fuentes de soda, armerías y tiendas que mantienen sus vitrinas inmutables hace años. Se puede estar toda una tarde nadando entre viejas estanterías, revisando libros y revistas. En la de Luis Rivano –dramaturgo y escritor – es una de las más conocidas: “Tenemos clientela que se ha mantenido incondicional durante nuestras tres décadas de existencia y han sido testigos de cómo este espacio se ha convertido en un negocio familiar”. Su hija, Graziella Rivano, comenta que es muy difícil clasificar al público que los visita. “De repente llegan niños de 12 años que saben muy bien lo que quieren y después vuelven durante años”.
Para ellos el negocio siempre ha sido igual con al generosidad por delante y c
on el interés por compartir un diálogo y no por vender. “Es por eso que nuestra vitrina, llena de objetos y antigüedades como la colección de cámaras es para deleitar. La mantenemos siempre igual porque son nuestros más preciados tesoros”, asegura Graziella que lleva 40 años trabajando junto a su padre.
Turcos y Judíos, comerciantes por tradición también son parte de la historia, muy bien acogidos rescatando la armoniosa relación entre los vecinos. Sus hijos se casaron con chilenas y sus tiendas que llevaban nombres que delataban su origen como la paquetería ‘El Líbano’ y la fábrica Kiber llenaban varias cuadras con sus productos. Don Luis Sepúlveda comenta que los ternos se vendían en la calle “los colgaban de los techos de los bazares igual que las camas y colchones que sacaban dejaban en la vereda hasta que alguien los comprara”.
La caída
Una de las variantes que contribuyeron a la decadencia del barrio y que sostienen muchos de sus habitantes fue cuando la dirección de la calle cambió y se construyó el paso bajo nivel en la Alameda. El historiador Adolfo Ibáñez, fundador del taller “Matadero-Palma”, con el cual se ha sumergido en el estudio del pasado –y el futuro- de las calles San Diego e Inde
pendencia, explica que San Diego tuvo su esplendor hasta la mitad de siglo, cuando comenzó a decaer. Como muestra del olvido cuenta que cuando se construyó la línea 2 del metro –en 1978- se trazó por razones técnicas y económicas, por sobre la carretera y no sobre San Diego, tal como estaba pensando. De hecho el primer subterráneo de la actual estación Universidad de Chile está diseñado para acoger el paso de la línea 2. “Ese fue el comienzo del fin de la calle…empezó a ser menos transitada, y finalmente postergada”, remata el historiador.
Otro factor que determinó que San Diego cayera es la fuerte competencia de los malls y el desinterés inmobiliario que hubo en la zona comenta Ibáñez y que en reuniones con el gerente comercial de la Municipalidad de Santiago, Pelayo Covarrubias, han comentado las medidas que se están implementando para mejorar San Diego, como la mejor iluminación, la instalación de centros comerciales y la construcción de edificios de viviendas que se espera que cambien la cara de una de las calles más santiaguinas de Santiago.


Al caminar por las calles de San Diego el escenario es triste. Se respira un aire nostálgico y gris, los colores de las construcciones y principales fachadas son oscuras y evocan en la memoria imágenes de una ciudad castigada y abandonada, aspecto que se observa principalmente al ver la gran cantidad de almacenes y locales deshabitados.
Una energía superior a cualquier carencia estructural, al vertiginoso ritmo de la ciudad, al ruido insoportable de las micros destartaladas o a ese aire que no huele precisamente como tal.

Tormento de urbanistas
En San Diego se escuchan risas y se puede recurrir a los mil modos utilitarios del regateo – una de las formas más provechosas de la charla – y a lo largo de la calle impera el piropo desmesurado y las miradas que incomodan a más de una de las mujeres que transitan, obligadas a volver acompañadas para la próxima visita
Desde la primera cuadra llama la atención la construcción de algunos edificios, como el redondo de su esquina con Alameda, tan discutido por arquitectos y público y el del Instituto Nacional, cuya monótona fachada contribuyó a quitarle desorden al sector. Pero una personalidad como la de esta calle no se derrumbará fácil. Antiguas edificaciones siguen en pie, en espera de su demolición. Hay construcciones de comienzo de siglo, todas en lamentable estado y serio peligro de derrumbarse por algún temblor o tal vez a consecuencias de una lluvia más o menos fuerte.
Las húmedas paredes se intercalan con las galerías que albergan locales, oscuros, atestados de más libros. Y uno que otro de esos polarizados que alguna vez fueron foco de la vida bohemia de periodistas, escritores, vedettes y políticos acostumbrados a vivir las noches como días en esta zona de Santiago. Perdiéndose en el ‘salpicón’ de mundillos que conviven en San Diego, que el aportan a éste otro rostro. Como el de la bailarina, de pelo teñido rubio, piel clara y que viste nada más que un bikini color fucsia que se asoma a través de la puerta del café Éxtasis ubicado en la galería ‘Los arcos de San Diego’ y tararea un reaggeton mientras observa con curiosidad – como si fuera la primera vez - lo que acontece fuera de su lugar de trabajo.
La mayoría de las personas que llenan el reducido espacio de las estrechas calles de este sector están sólo de paso. Las velocidades de la ciudad se sobreponen y quizás lo único que logra aplacar, en aparte, el acelerado flujo son las toneladas de libros y revista
s derramadas que por cada rincón entorpecen el andar. Y esa es la idea, atraer las miradas hacia puzzles, revistas rayadas y libros, y hacer del paseo algo más que un tránsito entre la universidad y la casa, o la casa a la oficina.
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