viernes, noviembre 10, 2006

Algo de Historia



Desde los tiempos de la Conquista, la calle San Diego fue la ruta militar de chile. Su nombre se atribuye a la iglesia perteneciente al Convento de San Francisco, que estaba situado en la esquina de sudoriente de la Cañada (actual Alameda).

El comercio colonial se desenvolvía en gran parte por esta calle, viéndose pasar cotidianamente tropas de mulas cargadas con mercaderías para las provincias “de arriba” y las que volvían trayendo productos del sur. En el primer o último descanso, antes de entrar o salir de la ciudad, se formó una plaza de abasto, actual plaza de Almagro, creado a mediados del siglo XVII. En cuyo centro había una pila con dos surtidores en forma de patos en la que se abastecían los aguateros para venderla “a cobre” el cántaro.

La calle tuvo un vecino ilustre, escribano y maestre de campo llamado don Andrés de Toro Hidalgo, conocido como el segundo plantador de cáñamo que hubo en el país. Don Andrés era secretario de Gobierno, lo que le proporcionaba excelentes ocasiones para acertar en los negocios que emprendía. Su padre, abuelo y bisabuelo habían tenido el mismo empleo.

Millonario de la Colonia

Cuando el terremoto de 1647 actuaba él mismo escribano, y es de su puño y letra la ingenua relación de aquel suceso que se registra en los libros de Cabildo.
Al morir su padre, sus tierras pasaran a manos de don Andrés. El valle de Putaendo entero era suyo, sitios en Buenos Aires con millares de ganados, el valle de Llay-Llay y la famosa estancia de Panquehue también. En las costas tenía la extensa hacienda de Catapilco, que completaba su red de posesiones desde Cuyo al Pacífico. Don Andrés era dueño en Santiago de la mayor parte de la calle vieja de San Diego, y su casa daba frente a la torre de la iglesia que terminaba con su huerta, en la que fue quinta del Ilustre general Las Heras.

A fines del S.XVII, el provincial Ortiz de Zárate fundó otra capilla del socorrido San Diego, más al oriente de la Alameda, en terrenos también del pródigo don Andrés y que al poco tiempo formó una nueva vía que tomó el nombre, para distinguirse de la otra “San Diego la Nueva” (Arturo Prat).
También se abrió una calle intermedia entre San Francisco y San Diego El Nuevo (Arturo Prat). Este callejón estrecho fue poblado lentamente y comenzó a ser llamado Calle Angosta, actual calle Serrano.
De su carácter residencial de principios de siglo y luego de vivir una etapa oscura que lo vinculó a la delincuencia, pobreza y basurales clandestinos, San Diego comenzó a resurgir a fines de la década pasada, con la remodelación de la Plaza Almagro.
No debemos olvidar ese San Diego bohemio, en el que disimulado en unos segundos pisos muy altos unos “clubes sociales” eran los protagonistas de la noche.