Por San Diego con Nostalgia

- Un recorrido por una de las primeras calles de la capital, recogiendo historias de sus habitantes más antiguos. Recordando lo que fue un Barrio lleno de vida y movimiento en contraste con uno que cada día se muere más.
Como un pasaje a la memoria resulta caminar por San Diego, visitar sus teatros, museos de libros, mundillo de bares y picadas, casonas de puertas y mamparas policolores. Pasear por la Plaza Almagro despierta la nostalgia de lo que fue el pretérito paradero de buses con destino al sur, hoy paradero de jóvenes universitarios.
La estrechez de la calle se disimula en la plaza, antiguamente, terminal de microbuses suburbanos que partían de su esquina suroriente dónde a las horas de mayor movimiento se veían largas colas de pacientes peatones. Al frente del terminal proliferaban las fuentes de soda y los cabarets abiertos las 24 horas. “No había dónde perderse o quizás al revés” agrega riendo José Sepúlveda Hernández, presidente de la Asociación de Libreros. Trabaja hace más de 50 años en el local 27 de la Galería comercial San Diego. Comenzó en el rubro cuando de niño intercambiaba los libros de su padre por otros que consideraba más interesantes.
La Plaza Almagro sigue siendo un lugar de encuentro, sólo que hoy es el lugar predilecto para la droga y la delincuencia. “He sido testigo como el barrio se ha venido abajo, la delincuencia se ha apoderado de muchas zonas y gran parte del comercio ha cerrado sus puertas” comenta Luisa Hernández de 81 años, que nació en el barrio y con melancolía asegura que San Diego ya no es el mismo que la vio nacer.
Cada cana, una historia
Luisa descansa en la esquina de San Diego con Copiapó. Aprovechó que el día esta soleado para salir a tomar sol y esperar a su amiga Josefina una de las pocas vecinas que se han mantenido en el barrio. Junto a ella recuerda sus imperdibles visitas al cine Prat y después la parada obligada por la panadería “Malagueña”.

Parece inolvidable para Doña Luisa los paseos en el viejo carro 36, verdaderos vagones de ferrocarril con los tranvías más largos del país que se extendía hasta San Bernardo. “El maquinista se iba despacio, por temor a peatones bamboleantes de alcohol o carretelas excesivamente cargadas” asegura Luisa con mucha facilidad.
Años atrás los puntos de atracción del barrio comprendían el diario “El Imparcial”, hoteles galantes, tan visitados por parejas como por policías e inspectores, librerías, un baratillo de discos de segunda mano, una fábrica de condecoraciones y, disimulados en unos segundos pisos muy altos a los que se subía por empinadas escaleras rectas, unos ‘clubes sociales’, de clientela bohemia más o menos estable, cuyo número dependía de la eficacia de la ronda nocturna de investigaciones y la hospitalidad bohemia era única.
A la vereda daban además unos bares profundos y oscuros, acogedores sin ostentación, donde se bebía desde auténtico whisky escocés hasta un criollísimo tongo o las dos cosas en seguidilla si así se le antojaba a uno cuenta Don Sergio Seguel, residente hace 47 años en el barrio, acuerda que en esa época olvidaba el reloj “La vida comenzaba a medianoche”, el desafío era cómo aprovecharla.
En "El Lucifer" las mucamas bailaban en sus horas libres. Cambiaban la escoba y el plumero por el rouge rojo pasión y la falda apretada, después del boxeo o el circo en el teatro Caupolicán, la pista de baile se llenaba hasta el amanecer.
Las primeras cuadras del barrio estaban atestadas de picadas y restaurantes. Don Sergio recuerda la fuente de soda: “Las cachás grandes”. Allá no había tazas sino tazones soperos para el café con leche y el pan traía más miga que en ninguna otra parte.
Sin duda la calle es el enclave más antiguo de tiendas de libros usado que sobreviven entre fuentes de soda, armerías y tiendas que mantienen sus vitrinas inmutables hace años. Se puede estar toda una tarde nadando entre viejas estanterías, revisando libros y revistas. En la de Luis Rivano –dramaturgo y escritor – es una de las más conocidas: “Tenemos clientela que se ha mantenido incondicional durante nuestras tres décadas de existencia y han sido testigos de cómo este espacio se ha convertido en un negocio familiar”. Su hija, Graziella Rivano, comenta que es muy difícil clasificar al público que los visita. “De repente llegan niños de 12 años que saben muy bien lo que quieren y después vuelven durante años”.
Para ellos el negocio siempre ha sido igual con al generosidad por delante y c
on el interés por compartir un diálogo y no por vender. “Es por eso que nuestra vitrina, llena de objetos y antigüedades como la colección de cámaras es para deleitar. La mantenemos siempre igual porque son nuestros más preciados tesoros”, asegura Graziella que lleva 40 años trabajando junto a su padre.
Turcos y Judíos, comerciantes por tradición también son parte de la historia, muy bien acogidos rescatando la armoniosa relación entre los vecinos. Sus hijos se casaron con chilenas y sus tiendas que llevaban nombres que delataban su origen como la paquetería ‘El Líbano’ y la fábrica Kiber llenaban varias cuadras con sus productos. Don Luis Sepúlveda comenta que los ternos se vendían en la calle “los colgaban de los techos de los bazares igual que las camas y colchones que sacaban dejaban en la vereda hasta que alguien los comprara”.
La caída
Una de las variantes que contribuyeron a la decadencia del barrio y que sostienen muchos de sus habitantes fue cuando la dirección de la calle cambió y se construyó el paso bajo nivel en la Alameda. El historiador Adolfo Ibáñez, fundador del taller “Matadero-Palma”, con el cual se ha sumergido en el estudio del pasado –y el futuro- de las calles San Diego e Inde
pendencia, explica que San Diego tuvo su esplendor hasta la mitad de siglo, cuando comenzó a decaer. Como muestra del olvido cuenta que cuando se construyó la línea 2 del metro –en 1978- se trazó por razones técnicas y económicas, por sobre la carretera y no sobre San Diego, tal como estaba pensando. De hecho el primer subterráneo de la actual estación Universidad de Chile está diseñado para acoger el paso de la línea 2. “Ese fue el comienzo del fin de la calle…empezó a ser menos transitada, y finalmente postergada”, remata el historiador.
Otro factor que determinó que San Diego cayera es la fuerte competencia de los malls y el desinterés inmobiliario que hubo en la zona comenta Ibáñez y que en reuniones con el gerente comercial de la Municipalidad de Santiago, Pelayo Covarrubias, han comentado las medidas que se están implementando para mejorar San Diego, como la mejor iluminación, la instalación de centros comerciales y la construcción de edificios de viviendas que se espera que cambien la cara de una de las calles más santiaguinas de Santiago.

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