miércoles, noviembre 29, 2006

Información general


La calle San Diego se encuentra en la comuna de Santiago Centro. Comienza en la Alameda a la altura del metro Universidad de Chile. Aquí se emprende una larga y estrecha ruta conocida popularmente por sus locales comerciales.
El barrio, conocido como Barrio Almagro, por el extenso parque Almagro, está contiguo por el oeste al Barrio Cívico y por el este al Barrio París-Londres. Algunas de sus calles principales son la calle Tarapacá, Alonso de Ovalle, Santa Isabel, Av.Matta y ArturoPrat.

Demografía

Según los datos recolectados en el Censo del Instituto Nacional de Estadísticas, la comuna posee una superficie de 22,4 km² y una población de 200.792 habitantes, de los cuales 101.637 mujeres y 99.155 hombres. Acoge al 3,31% de la población total de la región. La totalidad de la población corresponde a población urbana y su clase social predominante es la clase baja.

Administración

Pertenece al Distrito Electoral nº22 y a la 7ª Circunscripción Senatorial (Santiago Poniente). Es representada en la cámara de Diputados del Congreso Nacional por los diputados Carolina Tohá del PPD y Alberto Cardemil, Independiente pro UDI. A su vez, es representada en el Senado por los senadores Jovino Novoa de la UDI y Guido Girardi del PPD. La ilustre Municipalidad de Santiago es dirigida por el Alcalde Raúl Alcahíno Lihn, el cual es asesorado por los concejales:

  • Ximena Lyon (PDC)
  • Jaime Tohá (IND/PS)
  • Leonardo Véliz (IND/PPD)
  • Álvaro Undurraga (RN)
  • Gerardo Guzmán (PDC)
  • Felipe Alessandri (RN)
  • Juan Jorge Lazo (UDI)
Lugares de atracción:

Palacio Causiño
Iglesia del Santísimo Sacramento
Tiendas y puestos de compra-venta de libros
Talleres de reparación y venta de bicicletas
Sastrerías
Imprentas
Restaurantes de comida chilena e internacional
Liceo Miguel Luís de Amunategui
Instituto Nacional
Juegos Diana
Teatro Cariola
Teatro Caupolicán
Cine Arte Normandie
Pubs y cafés con piernas
Plaza Almagro

Auge y caída de Entretenimientos Diana: GAME OVER



  • Ubicados en el centro de Santiago, las sedes de los Juegos Diana luchan por subsistir. El cierre de uno de sus locales más emblemáticos en el Paseo Ahumada, amenaza con su extinción pero el recuerdo y la tradición perpetuada por generaciones lo mantienen vivo.

De lunes a viernes, después de las dos de la tarde, los juegos Diana abren sus rejas pintadas de rojo y blanco a un público casi olvidado. Se prenden las luces de colores que dan vida a la rueda, al carrusel de más de 30 años y a las máquinas e instalaciones que integran el edifico declarado patrimonio nacional que antiguamente formó parte de la iglesia de San Francisco, en el barrio San Diego.

El ruido de niños corriendo y gritando por todos los rincones todavía hace eco en sus paredes imitación castillo. Los turrones que quebraban sus dientes y el algodón azucarado que embetunaba sus rostros se cambiaron por una cajita feliz de Mc Donald's. Las filas interminables para jugar a los patitos, montarse en el auto del color preferido o al caballo más grande del emblemático carrusel forman parte del recuerdo. Juegos como los flipper y las sillas voladoras fueron sustituidos por el Playstation, la televisión y el Internet.

Los Juegos Diana fueron creados por Roberto Zúñiga Peñailillo en 1934. Unos rifles a plumilla alemanes le dieron el nombre y la idea para crear el juego del tiro al blanco. Roberto, sacaba a la socialité de los grandes salones y los hacía jugar a los gatos porfiados en el barrio de Bandera. “La gente permanecía en el centro hasta las 3 de la mañana, era otro Santiago, entretenido y seguro”, recuerda su hijo, Enrique Zúñiga de 30 años, actual Gerente General del negocio.

En un comienzo los juegos funcionaron como una feria al aire libre en la Alameda. La novedad atraía público de todas las edades y lugares. Por la mañanas era el lugar preferido para los escolares que hacían la cimarra, por las noches la bohemia se tomaba el local. Los domingos era el día para asistir en familia.

El principal objetivo de Roberto Zúñiga fue otorgar sana diversión a niños y adultos, en un ambiente cálido, seguro y de real esparcimiento. Hoy el lema de la empresa sigue siendo el mismo: "Más de medio siglo de sano pasatiempo y diversión" y un lugar donde "Los clientes son y serán siempre nuestra mayor preocupación".

Mariano Espínola Lawrence, a sus 82 años, se presenta como cantante de tangos y fotógrafo. Cuando los juegos se instalaron en San Diego hace 28 años se mudó con ellos. Se siente afortunado de formar parte importante esa historia. Comenzó como guardia de seguridad en 1948, dos años más tarde se convirtió en el cantante oficial de la lotería. “Me amanecía con el público”, recuerda emocionado mientras limpia el lente de su vieja cámara y presta su álbum a una pareja que quiere una foto de sus niñas en el carrusel. Aunque el ya está retirado, se aparece todos los días por el local: “Lo considero un hobbie, un hobbie fascinante. Las fotos son mi mayor tesoro del pasado y del presente”.

Inicios

Ignacio Moraga de 52 años y yerno del fundador volvió desde Estados Unidos en 1974 y se ha desempeñado en todos los puestos de la empresa. En 1984 los juegos se trasladaron a Ahumada 131, donde permanecieron abiertos hasta la semana pasada. Aunque se trate de una mudanza, pues los juegos seguirán funcionando en Merced 839, con esta noticia se asegura el ocaso de la época dorada de la empresa. De cualquier forma, los juegos Diana hace mucho tiempo que dejaron de ser lo que alguna vez fueron. “Era un lugar donde uno podía ir a jugarse un par de fichas de vez en cuando y donde al menos podrías encontrarte con uno que otro amigo”, comenta Moraga, dueño y gerente del local en Ahumada.

“Hace cinco años que el negocio ya estaba en declinación hasta hacerse inviable”, dice. A su juicio, el lumpen que se toma el centro de Santiago, la invasión de comerciantes ambulantes y la competencia desleal de las máquinas tragamonedas son causas que empujaron el cierre del subterráneo, lugar en el que estuvo 20 años.

Enrique Zúñiga plantea que la situación en San Diego es distinta. Asegura que la delincuencia ya está en todas partes, pero que en su territorio el ambiente es tranquilo. Tiene grandes ideas para renovar la imagen de los juegos; mejorar la publicidad y aprovechar mejor el espacio. El edificio tiene más de 5000 metros cuadrados, es antiguo y atractivo y eso es lo que Enrique tiene ganas de rescatar. “Estoy terminado el proyecto, quiero hacer una sala de cine y explotar más el aspecto cultural de nuestro negocio”.

Enrique destaca el vínculo que se genera entre las distintas generaciones que visitan los juegos. “Padres y abuelos traen a sus hijos y nietos a que conozcan el lugar donde se divertían cuando eran chicos”. Me gusta que los juegos sean un lugar de encuentro”.

Las palabras optimistas de Zúñiga contrastan con la realidad. Es temprano y los juegos todavía no están abiertos. Sergio Cabello es el encargado de la mantención hace más de 30 años y con un débil alambre de púas refuerza las murallas del castillo. A sus pies está el cartel de la entrada, que se descolgó después del temporal.

La pintura de la fachada y del suelo se descascara con el viento y los juegos acumulan cada vez más polvo. Del techo todavía cuelga un trineo de cartón y plumavit del viejito pascuero. Los empleados se sientan sobre los juegos a conversar y ríen a carcajadas.

La oficina está lejos. Las risas y el ruido de los juegos desaparecen al abrir un portón de color naranjo y caminar por un pasillo atestado de máquinas y juegos antiguos y en desuso. El acceso es restringido. La escalera para subir a las oficinas está asegurada con una reja, pero su función en ese lugar es inútil si está rota.

Incertidumbre

Tomás de 12 años, escapa del colegio apenas suena el timbre. Con las bromas de sus compañeros aún palpitándole en las sienes, se cambia de ropa y arranca de las burlas que provocan su gracioso caminar. Se compra una sopaipilla con mostaza y antes de comérsela ya está instalado en la plataforma del Pump it up: miembro de la familia de las máquinas de baile, de cuatro botones con sensores luminosos que se presionan con los pies siguiendo una secuencia en pantalla. Tomás se desinhibe en cuestión de segundos. Mueve sus brazos y manos según la máquina le dicta, aún con su mochila puesta. A su lado, una niña tomada de la mano de su madre observa con atención los movimientos de Tomás, pero prefiere subir al carrusel.

Los clientes son pocos. Sin embargo el negocio se mantiene en pie. “El público es fiel y está preocupado”, asegura Felipe Lira, gerente comercial de los juegos. Cuenta que el día después del cierre en Ahumada el teléfono no paró de sonar. Sus clientes estaban inquietos y preguntaban si acaso también cerrarían el local de San Diego. Les contestó a todos y les explicó con calma y dedicación la situación: “Así somos con nuestros clientes, que más que eso, son nuestros amigos”.

Después de 74 años el negocio ha logrado subsistir contra todo tipo de dificultades. Ante la disminución de interesados por este tipo de atracción, los juegos han debido permear su atractivo a instalaciones más comerciales para poder subsistir. A pesar del progresivo sometimiento a las leyes del mercado, todavía mantiene una distinción. Se niegan a emprender retirada. Admirable, como todo en este barrio que porfía.

Reportaje Fotográfico: Vida de Sastre

Eduardo Torres trabaja como sastre y diseñador hace 40 años. Hace 4 que se independizó y es dueño de su tienda en San Diego.
Desde niño veía a su amdre y a su tía coser y diseñar ropa. Por eso, afirma que su pasión por crear y confeccionar es genética.
Estas fotografías fueron tomadas en la tienda "Vestire", donde Eduardo trabaja de Lunes a Sábado.







martes, noviembre 28, 2006

Por San Diego con Nostalgia





  • Un recorrido por una de las primeras calles de la capital, recogiendo historias de sus habitantes más antiguos. Recordando lo que fue un Barrio lleno de vida y movimiento en contraste con uno que cada día se muere más.

Como un pasaje a la memoria resulta caminar por San Diego, visitar sus teatros, museos de libros, mundillo de bares y picadas, casonas de puertas y mamparas policolores. Pasear por la Plaza Almagro despierta la nostalgia de lo que fue el pretérito paradero de buses con destino al sur, hoy paradero de jóvenes universitarios.


La estrechez de la calle se disimula en la plaza, antiguamente, terminal de microbuses suburbanos que partían de su esquina suroriente dónde a las horas de mayor movimiento se veían largas colas de pacientes peatones. Al frente del terminal proliferaban las fuentes de soda y los cabarets abiertos las 24 horas. “No había dónde perderse o quizás al revés” agrega riendo José Sepúlveda Hernández, presidente de la Asociación de Libreros. Trabaja hace más de 50 años en el local 27 de la Galería comercial San Diego. Comenzó en el rubro cuando de niño intercambiaba los libros de su padre por otros que consideraba más interesantes.


La Plaza Almagro sigue siendo un lugar de encuentro, sólo que hoy es el lugar predilecto para la droga y la delincuencia. “He sido testigo como el barrio se ha venido abajo, la delincuencia se ha apoderado de muchas zonas y gran parte del comercio ha cerrado sus puertas” comenta Luisa Hernández de 81 años, que nació en el barrio y con melancolía asegura que San Diego ya no es el mismo que la vio nacer.


Cada cana, una historia


Luisa descansa en la esquina de San Diego con Copiapó. Aprovechó que el día esta soleado para salir a tomar sol y esperar a su amiga Josefina una de las pocas vecinas que se han mantenido en el barrio. Junto a ella recuerda sus imperdibles visitas al cine Prat y después la parada obligada por la panadería “Malagueña”.


Parece inolvidable para Doña Luisa los paseos en el viejo carro 36, verdaderos vagones de ferrocarril con los tranvías más largos del país que se extendía hasta San Bernardo. “El maquinista se iba despacio, por temor a peatones bamboleantes de alcohol o carretelas excesivamente cargadas” asegura Luisa con mucha facilidad.


Años atrás los puntos de atracción del barrio comprendían el diario “El Imparcial”, hoteles galantes, tan visitados por parejas como por policías e inspectores, librerías, un baratillo de discos de segunda mano, una fábrica de condecoraciones y, disimulados en unos segundos pisos muy altos a los que se subía por empinadas escaleras rectas, unos ‘clubes sociales’, de clientela bohemia más o menos estable, cuyo número dependía de la eficacia de la ronda nocturna de investigaciones y la hospitalidad bohemia era única.


A la vereda daban además unos bares profundos y oscuros, acogedores sin ostentación, donde se bebía desde auténtico whisky escocés hasta un criollísimo tongo o las dos cosas en seguidilla si así se le antojaba a uno cuenta Don Sergio Seguel, residente hace 47 años en el barrio, acuerda que en esa época olvidaba el reloj “La vida comenzaba a medianoche”, el desafío era cómo aprovecharla.


En "El Lucifer" las mucamas bailaban en sus horas libres. Cambiaban la escoba y el plumero por el rouge rojo pasión y la falda apretada, después del boxeo o el circo en el teatro Caupolicán, la pista de baile se llenaba hasta el amanecer.


Las primeras cuadras del barrio estaban atestadas de picadas y restaurantes. Don Sergio recuerda la fuente de soda: “Las cachás grandes”. Allá no había tazas sino tazones soperos para el café con leche y el pan traía más miga que en ninguna otra parte.


Sin duda la calle es el enclave más antiguo de tiendas de libros usado que sobreviven entre fuentes de soda, armerías y tiendas que mantienen sus vitrinas inmutables hace años. Se puede estar toda una tarde nadando entre viejas estanterías, revisando libros y revistas. En la de Luis Rivano –dramaturgo y escritor – es una de las más conocidas: “Tenemos clientela que se ha mantenido incondicional durante nuestras tres décadas de existencia y han sido testigos de cómo este espacio se ha convertido en un negocio familiar”. Su hija, Graziella Rivano, comenta que es muy difícil clasificar al público que los visita. “De repente llegan niños de 12 años que saben muy bien lo que quieren y después vuelven durante años”.


Para ellos el negocio siempre ha sido igual con al generosidad por delante y con el interés por compartir un diálogo y no por vender. “Es por eso que nuestra vitrina, llena de objetos y antigüedades como la colección de cámaras es para deleitar. La mantenemos siempre igual porque son nuestros más preciados tesoros”, asegura Graziella que lleva 40 años trabajando junto a su padre.



Turcos y Judíos, comerciantes por tradición también son parte de la historia, muy bien acogidos rescatando la armoniosa relación entre los vecinos. Sus hijos se casaron con chilenas y sus tiendas que llevaban nombres que delataban su origen como la paquetería ‘El Líbano’ y la fábrica Kiber llenaban varias cuadras con sus productos. Don Luis Sepúlveda comenta que los ternos se vendían en la calle “los colgaban de los techos de los bazares igual que las camas y colchones que sacaban dejaban en la vereda hasta que alguien los comprara”.


La caída


Una de las variantes que contribuyeron a la decadencia del barrio y que sostienen muchos de sus habitantes fue cuando la dirección de la calle cambió y se construyó el paso bajo nivel en la Alameda. El historiador Adolfo Ibáñez, fundador del taller “Matadero-Palma”, con el cual se ha sumergido en el estudio del pasado –y el futuro- de las calles San Diego e Independencia, explica que San Diego tuvo su esplendor hasta la mitad de siglo, cuando comenzó a decaer. Como muestra del olvido cuenta que cuando se construyó la línea 2 del metro –en 1978- se trazó por razones técnicas y económicas, por sobre la carretera y no sobre San Diego, tal como estaba pensando. De hecho el primer subterráneo de la actual estación Universidad de Chile está diseñado para acoger el paso de la línea 2. “Ese fue el comienzo del fin de la calle…empezó a ser menos transitada, y finalmente postergada”, remata el historiador.


Otro factor que determinó que San Diego cayera es la fuerte competencia de los malls y el desinterés inmobiliario que hubo en la zona comenta Ibáñez y que en reuniones con el gerente comercial de la Municipalidad de Santiago, Pelayo Covarrubias, han comentado las medidas que se están implementando para mejorar San Diego, como la mejor iluminación, la instalación de centros comerciales y la construcción de edificios de viviendas que se espera que cambien la cara de una de las calles más santiaguinas de Santiago.

viernes, noviembre 10, 2006

Algo de Historia



Desde los tiempos de la Conquista, la calle San Diego fue la ruta militar de chile. Su nombre se atribuye a la iglesia perteneciente al Convento de San Francisco, que estaba situado en la esquina de sudoriente de la Cañada (actual Alameda).

El comercio colonial se desenvolvía en gran parte por esta calle, viéndose pasar cotidianamente tropas de mulas cargadas con mercaderías para las provincias “de arriba” y las que volvían trayendo productos del sur. En el primer o último descanso, antes de entrar o salir de la ciudad, se formó una plaza de abasto, actual plaza de Almagro, creado a mediados del siglo XVII. En cuyo centro había una pila con dos surtidores en forma de patos en la que se abastecían los aguateros para venderla “a cobre” el cántaro.

La calle tuvo un vecino ilustre, escribano y maestre de campo llamado don Andrés de Toro Hidalgo, conocido como el segundo plantador de cáñamo que hubo en el país. Don Andrés era secretario de Gobierno, lo que le proporcionaba excelentes ocasiones para acertar en los negocios que emprendía. Su padre, abuelo y bisabuelo habían tenido el mismo empleo.

Millonario de la Colonia

Cuando el terremoto de 1647 actuaba él mismo escribano, y es de su puño y letra la ingenua relación de aquel suceso que se registra en los libros de Cabildo.
Al morir su padre, sus tierras pasaran a manos de don Andrés. El valle de Putaendo entero era suyo, sitios en Buenos Aires con millares de ganados, el valle de Llay-Llay y la famosa estancia de Panquehue también. En las costas tenía la extensa hacienda de Catapilco, que completaba su red de posesiones desde Cuyo al Pacífico. Don Andrés era dueño en Santiago de la mayor parte de la calle vieja de San Diego, y su casa daba frente a la torre de la iglesia que terminaba con su huerta, en la que fue quinta del Ilustre general Las Heras.

A fines del S.XVII, el provincial Ortiz de Zárate fundó otra capilla del socorrido San Diego, más al oriente de la Alameda, en terrenos también del pródigo don Andrés y que al poco tiempo formó una nueva vía que tomó el nombre, para distinguirse de la otra “San Diego la Nueva” (Arturo Prat).
También se abrió una calle intermedia entre San Francisco y San Diego El Nuevo (Arturo Prat). Este callejón estrecho fue poblado lentamente y comenzó a ser llamado Calle Angosta, actual calle Serrano.
De su carácter residencial de principios de siglo y luego de vivir una etapa oscura que lo vinculó a la delincuencia, pobreza y basurales clandestinos, San Diego comenzó a resurgir a fines de la década pasada, con la remodelación de la Plaza Almagro.
No debemos olvidar ese San Diego bohemio, en el que disimulado en unos segundos pisos muy altos unos “clubes sociales” eran los protagonistas de la noche.